DEJARSE LLEVAR EN COPENHAGUE

Blogs, publicaciones, revistas, redes sociales... Son índices, muestran, pero por sí solos no otorgan conocimiento sobre aquello que señalan. Una definición no es suficiente, una imagen no es bastante, las palabras son caprichosas y esconden una revelación más profunda. Para conocer hay que aventurarse a descubrir, y compilar por uno mismo. Palabras, imágenes, sonidos, olores... La experiencia tiene algo de intuición que no se puede inculcar. Gracias a una canción de Vetusta Morla llegué a Copenhague, pero allí había mucho más esperándome. 


No llovía en el canal

Tostamos nuestras pieles con el sol de primavera, a los pies del canal planteamos comienzos y finales y brindamos por nadar en todos los mares del mundo. Dos chicas de Sidney, dos de Ecuador, tres chicos argentinos y un español. No era un chiste, sino la mezcla extraordinaria que logra un hostal cualquiera. 

Llego a la T3 del aeropuerto, compro mi Copenhaguen Card para conseguir ventajas exclusivas en los lugares más turísticos y me dirijo al metro, línea amarilla, M2. Se sube un tunecino a mitad de trayecto que apesta a porro. Se fija en mí, me saluda. Yo le pregunto por el significado de la palabra Hygge, tan repetida por todos. Él me avisa de lo cara que es la ciudad. Hablamos en inglés e italiano torpemente antes de bajarme en Nyhavn, el canal más famoso de la ciudad, donde dormiré las próximas tres noches. Bedwood Hostel. 182 €. "What´s up mate!" Comparto habitación nº306 con un culturista sueco llamado Bryce. Me gusta alojarme en hostels cuando viajo solo, aumentan mi percepción hasta límites insospechados y rompen el estado de aislamiento al que te somete una habitación de un hotel de lujo. Porque no mola bajar al lobby y que nadie te salude. Esto no pasa en los hoteles baratos, donde nadie parece extraño. Hay miradas tratando de encontrarse constantemente.

En el lobby del Bedwood hay una exhibición de magia. "The Magician Tour". Tres argentinos ofrecen su talento a cambio de una cama. Así viajan por todo el mundo. Rodrigo (el mago principal), Ramiro y Gonzalo. Hay un público joven, expectante y variopinto. Los trucos de cartas son simples pero efectivos, cumplen su propósito y entretienen al respetable. Camila y Marisa, de Ecuador, y Jessie y Phoebe, de Australia. Beben Tequila Sierra. Decido sentarme y acompañarles. A término del show salimos todos a contemplar los reflejos en el agua del canal de las fachadas multicolor. Hay un ambiente estupendo.

Así es como aprendí a dejarme llevar

Amanece antes de las 5:00 h y me levanto con una insuficiencia respiratoria. La habitación no parece muy bien ventilada y la alergia ha hecho acto de presencia. Suerte que viajo con el Terbasmin, que expande mis pulmones. Tras varias volteretas debajo de las sábanas, bajo a desayunar a la terraza de al lado del Hostel, donde conozco a Raquel y Águeda. Son madre e hija naturales de Murcia y disfrutan de unos días de vacaciones. Si no viajara solo no me hubiera atrevido jamás a charlar con ellas, pero escuchar tu idioma fuera de tu país tiene una potencia unitiva imposible de esquivar.

Me ato los cordones de las zapatillas y me pierdo en la ciudad: Tívoli, Superkilen Park, Rundetårn, Castillo de Rosenborg. Estaba escrito, pero no es suficiente. Decido tomar un tren para alejarme un poco más y tener perspectivas alternativas. Lousiana Museum, Castillo de Helsingor. Ser o no ser. Inquietud o quietud. Presto atención a los detalles, a las formas. Todo se balancea, se mueve, hay viveza. Los edificios se abrasan como consecuencia de una temperatura anómala para la época. Mis pies también arden y surco todas las vías posibles. Llego incluso a Malmö (Suecia).





Al regresar al Bedwood conozco a Matías, de Mar de Plata, Argentina. Se encuentra con Sarah y Megan, de Philadelphia, estudiantes de la Universidad de Pensilvania. Me invitan a unirme a la conversación. Me intereso especialmente por Megan, que estudia teatro en francés y lleva cuatro años en la carrera. La cosa se va animando y decidimos salir de fiesta los cuatro. Cerveza y fireballs riegan nuestras gargantas. Bailamos en un garito con Laura y Lydia, dos danesas que juegan con su grupo de amigas a verdad, atrevimiento o beso. Por supuesto, nos besamos todos. Me defiendo como puedo con mi inglés de batalla. Demasiados decibelios para tan poca lengua. He perdido de vista a Megan, Matías me dice que está con otro. C'est la vie.

Salimos fuera a tomar el aire, y tras debatir durante una hora si volver a entrar o no entre adolescentes ebrios, decidimos tomar el camino de vuelta a Nyhavn, andando por las calles desiertas. El amor no se encontraba en aquella discoteca. Sé que él hubiera preferido volver acompañado por una chica rubia en lugar de hacerlo conmigo. Yo hubiera preferido volver con Megan, ciertamente. Me rapea algo al filo de la alborada cuando llegamos al Bedwood, se nos hizo de día. Nos despedimos con un apretado abrazo y subo las escaleras. Mi compañero de habitación, el culturista sueco, ya se había ido, o quizá no llegó a regresar. Y pensé de nuevo en la letra de aquella canción "nunca saber dónde puedes terminar o empezar". Ni con quién, añadiría. Bendito viento ingobernable.

Nunca más volví a ver a Matías, a Rodrigo, a Cami, a Marisa, a Jessie, a Phoebe, a Sarah, a Megan... y sin embargo me acuerdo de ellos con una sonrisa cada vez que pienso en Copenhague.