VENECIA: UN SUEÑO HECHO REALIDAD
Me gusta repasar fotografías de mis viajes, recordar cómo estaba en aquel momento, y cómo estoy ahora. Muy pronto volveré a despegar. Más ligero. No pesa tanto la pena. Éste año me he dedicado a vaciarme de basura, basura que huele peor que el canal veneciano, que, por cierto, no huele tan mal como un rumor falso. Y es que cuando estás enamorado no reconoces los defectos.
2017 fue el año en el que desapareció Eme. El inmenso vacío que me dejó lo ocupó Venecia, mi segundo amor. Venecia, una leona con alas que hizo que volviera a recuperar la fe en la humanidad. Imagínate una ciudad producto de los hombres suspendida sobre el agua. Parece cosa de magia, irreal, pero existe, más allá de los sueños. Y Venecia era un gran sueño, venido de muy lejos, de crío, que acababa de despertarse. Es única. Un refugio para corazones sedientos de cariño. La ciudad natal del viajero más famoso de todos los tiempos, Marco Polo, aventurero, pionero, patrón.
En la baja Edad Media se empezó a convertir en la potencia del Mediterráneo, el lugar comercial de referencia, y por tanto, una de las ciudades más ricas y prósperas del mundo. Funcionaba como una ciudad estado. Fue una república independiente hasta 1797, cuando venció Napoleón. Por sus puertos pasaban comerciantes de todo el mundo, tenía una extensa relación mercantil con Oriente y el resto de Europa. Otro factor clave del éxito comercial veneciano fue la tolerancia religiosa y social de la República Veneciana hacia los judíos y musulmanes, de hecho esta tolerancia de los venecianos en materia religiosa les permitió comerciar libremente con los estados islámicos del norte de África. A día de hoy, el crisol de culturas que fue Venecia se puede apreciar perfectamente en su arquitectura, un legado histórico para deleite nuestro, que más adelante mencionaré.
LA BELLA CITTÀ
La ciudad respira intensidad, y yo me moví en su aire. Venecia tiene un bello vestido con bordados de góndolas, de rayas azules. Un entramado de calles, callejones, atalayas, canales y puentes, con Rialto destacando, evocando romanticismo, entre consumado bullicio. Robert de Niro, el Mercader de Venecia. Las venas y arterias terminan y empiezan, como de costumbre, en el corazón, la Piazza de San Marco, allí llegué muy emocionado. Lo primero que llamó mi atención al pisar el lugar fue su piel. Los patrones geométricos en piedra blanca de la Piazza de San Marco son un bellísimo mantra arquitectónico. La plaza es el centro neurálgico no solo de Venecia, sino de todo el Véneto. En ella destacan la Basílica de San Marco, el Palacio Ducal y el Campanile. Los tres sitios más visitados de la ciudad.
La Basílica de San Marcos. En nombre de Dios, cuánto vértigo. Su construcción comenzó en el año 828 para albergar el cuerpo de San Marcos traído desde Alejandría. Es el principal templo católico de la ciudad y la obra maestra de la arquitectura bizantina en el Véneto. San Marcos es un museo vivo de arte bizantino latinizado. Con su decoración intacta de mosaicos, mantiene las características de este estilo en mayor medida que las propias iglesias de Constantinopla. Muchos de los adornos exteriores los devolvieron los cruzados o fueron regalos de mercaderes ricos. Una ley de la República Veneciana imponía como tributo que los mercaderes afortunados, después de hacer negocios provechosos, hicieran un regalo para embellecer San Marcos. De ahí la variedad de estilos y materiales. El remate superior de la fachada exterior es de estilo gótico florido veneciano, del siglo XV. En el interior de la Basílica el color dominante es el dorado. Sobrecoge. El joven Papa, capítulo final, Jude Law, amén.
Palacio Ducal, el Palacio del Dogo. "Ya sabes lo que dicen de los grandes gigantes..." Nosotros a su lado tan pequeños, finitos; y ellos, divinos, demorados en el tiempo. Como las estatuas de Sansovino, en el patio de la entrada. Como el mural de Tintoretto "El Paraíso" en la sala del Maggior Consiglio, el mayor lienzo del mundo. Como la exposición temporal de El Bosco con la que coincidí. Expiación. Silencios de ensueño que hablan de paraíso, de martirio, de fuegos en la noche, de monstruos... Cuando te sientas en soledad frente a un tríptico de El Bosco te contemplas a ti mismo.
Y el Puente de los Suspiros... Ese puente construido en estilo barroco en el siglo XVII, que da acceso a los calabozos del palacio. El nombre del puente viene dado por ser el camino que seguían los condenados a muerte ya que, desde sus ventanas, veían por última vez la laguna Veneta. Un suspiro parecido al que di cuando te dejé en esa estación de autobús, Eme, para jamás volverte a ver. Del Palacio escapó Casanova, por los tejados. Del Palacio escapé yo, por la puerta. Dos formas diferentes de salir airoso.
El Campanile es el edificio más alto con 98 metros, desde lo alto donde tomé fotos del conjunto de la ciudad, y pude apreciar mejor las 118 pequeñas islas que la conforman. La torre original servía como faro para los navegantes además de como campanario.
Renacimiento, siglo XV y XVI. También llegó aquí, y fue orgásmico. El Renacimiento supuso una explosión de belleza artística en la ciudad. Una nueva concepción del arte, y por tanto, de la vida. Quiso el destino que en el siglo XVI se concentrara en Italia más genio y talento que en muchos países en toda su historia. Por un lado, los renacentistas romanos y toscanos, con Leonardo, Miguel Ángel y Rafael a la cabeza. Por otro, los renacentistas venecianos: Giorgione, Carpaccio, Tiziano, Tintoretto, Bassano, Veronés... Mientras los primeros apostaban por un clasicismo dominado por el dibujo y el intelecto, los segundos, en cambio, se centran en el color y la sensualidad. Así era, así es Venecia. Sexy. Adelantada a su tiempo. Pensamos que el #3D y la #RV son inventos tecnológicos modernos, pero la introducción de la perspectiva en el Renacimiento, por ejemplo, cambió la percepción visual para siempre, logrando con medios más austeros resultados parejos y absolutamente impresionantes. Observa atentamente este tríptico de Giovanni Bellini de 1448, ¿ves las figuras realzadas sobre salir del plano? Con tan solo manos, pinceles y pinturas. Sorprendente.
Conocí a un artista veneciano durante mi viaje, tuve la suerte de visitar su estudio gracias a mi amiga Ana. Francesco me hablaba de su estancia en Bali, de sus retratos, mientras daba la penúltima calada. Una y otra vez, no parecía consumirse nunca.
¿Y qué más? Finura, estilo y color definen la ciudad durante el histórico carnaval veneciano, interrumpidamente desde 1296. Decía la gran Celia Cruz aquello de: "La vida es un carnaval, y las penas se van cantando". Justo lo que necesitaba. A la fiesta le es inherente algo imperecedero. El tiempo festivo aplaca el tiempo cotidiano. Trajes y vestidos elegantes del siglo XVII, como recién salidos de un lienzo de Canaletto. Máscaras artesanales de papel maché, cuyo proceso de elaboración me enseñaron en Bluemoon Venice con gran amabilidad. Me llevé dos de recuerdo. Nada malo en disfrazarse unos días al año y mezclarse, que algunos llevan la máscara todos los días del año. En tiempos pasados, el disfraz era la única manera de anular la pertenencia a cualquier tipo de clase social, sexo o religión. Una manera segura de divertirse, sin miedo al qué dirán.
En ésta época de máscaras es típico llevarse a la boca un dulce, que a nadie amarga. Los Frittole son buñuelos típicos venecianos. Buon Appetito.
Frente a Santa María della Salute celebré mi estancia. La peste ha terminado. Las aguas bajan tranquilas. Podemos descorchar esa botella. Ya era hora.
Y a la mañana siguiente, el (necesario) placer del instante. El sol calienta y yo me visto de cenizas 🌞
Partí, pero allí había mucho más de lo que siempre quise tener. Quizás un día regrese de nuevo, quién sabe si para permanecer. Me pregunto qué le sucederá a mi memoria con el tiempo. Si recordará éstas calles, sus olores, sus colores, mis pasos... Me pregunto si me acordaré de ti, Eme, cuando sea viejo.






















