EL CAIRO: LA GIGANTE DESPEINADA
El Cairo es gigante, inabarcable, abarrotada, taponada, tumultuosa, con una nube tóxica de sombrero que apabulla la garganta. Sucia, alborotada, con más de 20 millones de personas, basura y automóviles. Si bien la distribución del espacio urbano sigue unos cánones racionales, bien culminada, con calzadas largas, avenidas, aceras... parece haber sido abandonada a su suerte. El lujo reposa sobre la inmundicia, sin mancharse. Al amanecer, la indigencia se mezcla con la riqueza; y lo moderno, con lo antiguo.
El Cairo es resistente, a prueba de balas; y conducir por ella, un deporte de riesgo. Miles de furgonetas blancas actúan como el medio de transporte favorito de los cariotas, que paran con gestos al conductor de turno indicando hacia dónde se dirigen. Un triángulo dibujado con las manos significa que el lugar de destino son las pirámides, por ejemplo. Recogen pasajeros sobre la marcha, transitan con las puertas abiertas, o directamente, sin puertas. Con el motor al descubierto, para evitar el recalentamiento del vehículo. Los peatones atraviesan las calles doquiera, sin necesidad de pasos de cebra o semáforos. Y no pasa nada. El Cairo es verdaderamente una engullidora de calma, porque temprano cada cabello de la ciudad se agita y vibra.
LA MORADA DE LA ETERNIDAD
Las hordas de turistas enfilamos la parada obligatoria de toda vida humana: la meseta de Giza. Aquí se encuentra la única maravilla del mundo antiguo que ha resistido las embestidas del tiempo y del hombre: La pirámide de Keops. Y a su lado, la de su hijo Kefrén y su nieto Micerinos. Todos reyes de las primeras dinastías, descansando en pirámides que no solo son templos funerarios: se han convertido en icono de toda Egipto y de toda una civilización.
Pirámide significa "casa de eternidad", y la más grande, la de Keops, tiene 139 metros de longitud. Data sobre el año 2.900 a.C, y fue construida en Giza por la proximidad del río Nilo (hoy ni rastro de su cauce en la meseta), por donde remontaban las piedras desde la cantera de Aswan. 2 millones de piezas de hasta 5 metros y 20 toneladas, 700.000 toneladas totales que trabajaron 100.000 obreros al servicio del faraón, con la promesa de formar parte del séquito real en la vida eterna. Las piedras se apilaron gracias a rampas de adobe, que eran arrastradas por animales y las cuerdas tiradas por los obreros. No todos estos obreros eran esclavos, ni mucho menos. A muchos de ellos les movía la fe en el faraón, y están enterrados en mastabas alrededor. Era todo un honor.
Nada queda ya de la culminación esplendorosa, derrotada por los años: el revestimiento final de piedra arenisca blanca, reflejaba los rayos del sol, y era la prueba del brillo y gloria del faraón. Por el vértice de la pirámide, apuntando como una flecha hacia arriba, subía el alma del faraón para reunirse con Rá en el más allá.
Entro en su interior, no apto para claustrofóbicos, para visitar la cámara mortuoria saqueada del faraón. Accedo por unos conductos estrechos y agotadores. Es una sauna que pone a prueba mi capacidad de sudoración. Al llegar, me recibe una pieza única de 70 toneladas de granito rojo. Es el techo que cubre el habitáculo. Inmortalizo el momento con unas fotografías y realizo nuevos ejercicios isométricos de cuádriceps para regresar al exterior, que en agosto es un horno soportable de buena gana.
Visito la barca solar del faraón Keops, un navío que se encontró en un pozo aledaño despiezado y que se montó como un puzzle. Se exhibe con orgullo en un espacio museístico a la espalda de la gran pirámide. En ella, realizaban los ritos de momificación, aunque también se piensa que se utilizó en aguas profundas dado su tamaño.
Cerca queda la Esfinge de Kefrén, con su nariz dañada. La enigmática figura tiene cabeza de faraón (sabiduría) y cuerpo de león (fuerza). Allí están los restos del templo de momificación, el templo del valle. De aquí parte una rampa, desde el antiguo embarcadero hasta su pirámide.
Rechazo con amabilidad unas diez veces darme un paseo en dromedario por la meseta, con el ánimo de evitar un golpe de calor. Shukran (gracias en árabe), y prosigo mi camino.
LOS ENCANTOS DE LA GRAN URBE
Los vendedores ambulantes me acompañan en la Ciudadela de Saladino, levantada por el líder iraquí que combatió a los cruzados en Tierra Santa. Visito la mezquita de alabastro, la de Muhammad Alí, padre fundador del Egipto moderno, que enamorado de la mezquita de Santa Sofía dispuso su copia en El Cairo, incluso contó con el mismo equipo de trabajo, que tardó 18 años en terminarla. La arquitectura bizantina salpica la ciudad. Los minaretes, líneas verticales, son el símbolo del éxtasis y la emoción. Representan lo sublime, que no encuentra obstáculos ni límites en su camino ascendente y alegre hacia Alá. El estilo del minarete determina su origen: Lápiz, otomano. Cenicero, mameluco. Cebolla, abasita.
Además de mezquitas, otros cultos caben en la gigante despeinada. Los templos cristianos y judíos se concentran en el Barrio Copto, que no levanta ninguna pasión en mí.
El ajuar de Tutankamon me espera en el Museo Egipcio. Es la atracción principal. Para llegar a él, 2 horas y media de recorrido no excesivamente pausado entre las momias, estatuas, y otros objetos procedentes de tesoros descubiertos de la civilización eterna. Después, me encuentro frente al tesoro impoluto del rey niño. Fue descubierto en su totalidad en 1922 por Howard Carter. El oro brilla de forma increíble. Los detalles, con incrustaciones de piedras preciosas en sus collares, sarcófago o máscara funeraria, son impresionantes. Jamás vi un esplendor y un poder tan radiante. Y eso que Tutankamon no fue un faraón longevo ni exitoso. ¿Cómo sería el tesoro de Ramses II? ¿Y cuánto su brillo? No podemos siquiera imaginarlo... Fue saqueado, y su oro, fundido y vendido por ladrones al mejor postor.
Salgo, dirección a uno de los zocos mas increíbles del mundo: Khan el Khalili. Un laberinto de callejones componen el bazar más famoso de Egipto. Mercaderes duchos en hablar cualquier idioma buscan clientes para jugar al regateo, algo que, confieso, no me gusta demasiado; aunque entro en el juego. Así somos los jugadores y los viajeros: siempre queremos nuevas partidas. Lámparas, telas, artesanías, joyas, especias, perfumes, instrumentos musicales y réplicas de camisetas del jugador de fútbol e ídolo local Mo Salah; entre un sin fín. Más de 900 puestos te pueden tener entretenido un buen rato.
TRAS LOS PASOS DE ALEJANDRO MAGNO
Cesan las luces naturales y se alzan las artificiales. Charlo con mi guía Sarhan en el café de los espejos. El Fishawi es un mítico lugar de Khan El Khalili, con aroma añejo y novelesco. Estamos sentados entre mesas redondas de latón, al abrigo de un buen té (con tres cucharadas de azúcar, como gusta en estas tierras) y fumando la shisha. En nuestra conversación sale el nombre de Alejandro Magno: rey de Macedonia y Persia, hegemón de Grecia, y que llegó a convertirse en faraón respetado de Egipto.
En su marcha triunfal contra el Imperio del rey persa Darío III, Alejandro Magno avanzó hasta los confines de Egipto. El conquistador macedonio, que tuvo que usar todos sus medios militares para someter a las ciudades de Palestina, penetró en el país de la flor de loto sin resistencia. En diciembre del 332 a.C, en el fortín fronterizo de Pelusio, el gobernador persa Masaces saltó a su encuentro para entregarle el poder de manera pacífica, y el tesoro de sus arcas, unos 800 talentos, que equivalen a equivalen a 27 216 kilogramos de plata.
En Menfis, Alejandro se cuidó de mostrar su veneración a los dioses egipcios, rindiendo honores a Apis, el toro sagrado. A cambio fue reconocido como legítimo faraón y entronizado según el rito tradicional con el apoyo del pueblo y de los sacerdotes. Pero el nuevo faraón no permaneció muchos días en Menfis. En abril de 331 a.C, de la capital se dirigió hacia el norte siguiendo el brazo occidental del Nilo hasta el puerto de Canopo, y desde allí progresó por la costa mediterránea hasta la aldea de Rakotis, un pequeño poblado situado en una lengua de tierra entre la laguna de Mareotis y la costa marina, frente a la que se situaba la isla de Faros, en la que, contaba la Odisea, habían recalado Menelao y Helena al volver de Troya. En aquella franja de tierra, Alejandro decidió levantar una ciudad que llevaría su nombre y que muy pronto se convertiría en el gran puerto mediterráneo de Egipto y en la mayor metrópolis helenística: Alejandría. Pero entonces, mientras los obreros se afanaban en construir los primeros edificios de la ciudad, Alejandro decidió emprender la marcha hacia el oeste, en el 331. a.C, con el propósito de visitar el santuario del dios Amón, en el complejo de Aghurmi en el oasis de Siwa, y consultar su oráculo. El oasis lo componían abundantes y verdes palmerales, huertos y un cinturón de agua azul coronando un milagro de vida en el autismo solitario con el que se expresa el desierto. Allí, a Alejandro le fue revelada la verdad: no era hijo de su padre, el macedonio Filipo, sino del gran dios Amón, como siempre sostuvo su madre (aquel al que los griegos identificaban con Zeus). Desde entonces, el monarca macedonio se presentó como hijo del gran dios y mantuvo a lo largo de los años una veneración especial hacia Amón Ra, al que ofreció muchos sacrificios.
¿Y si una de esas ofrendas, el tesoro que Masaces entregó a Alejandro Magno en su rendición, estuviera aún en algún templo de Egipto sin ser descubierto? En el templo Lúxor, por ejemplo. ¿No está Alejandro Magno tallado en la piedra del templo de Lúxor como faraón, Dios en vida? Con esas preguntas capté toda la atención de Sarhan.
—Así es. Además, está comprobado que puso mucho empeño en reacondicionar las salas del templo, haciendo erigir columnas. Era un lugar muy especial para él y el culto que profesaba— Confirmó.
—Así es. Además, está comprobado que puso mucho empeño en reacondicionar las salas del templo, haciendo erigir columnas. Era un lugar muy especial para él y el culto que profesaba— Confirmó.
¿Y si algo oculto en esas piedras sobrevivió a la posterior invasión de Octavio y Roma?
—Y a los ladrones de templos y tumbas, a Napoleón Bonaparte, a los alemanes, a los británicos, a los estadounidenses...
Cabe recordar que cuando la biblioteca de Alejandría entró en declive se perdió una gran cantidad de información de la época, de incalculable valor. Quizás algo revelador que nadie nunca pudo saber, y que tampoco la fortuna ha mostrado.
Y así, con delirios de cazatesoros, ponemos rumbo a Lúxor, antigua Tebas, capital del imperio medio y nuevo. Río arriba, siguiendo los pasos de Alejandro Magno, en busca de su legado, movidos por nuestra inquietud y nuestra sed de aventuras...




















