EL RYOKAN DE LA SEÑORA IKUYO

Cuando Ikuyo, la anfitriona de la casa, se inclinó con una sonrisa en el tatami ante nosotros, unos completos desconocidos, supe inmediatamente que lo que más recordaría de mi viaje a Japón no serían los impresionantes santuarios, la avanzada tecnología o la naturaleza desbordante, sino la amabilidad y cortesía de sus gentes. La reverencia de Ikuyo nada tiene que ver con la humillación o el sometimiento, como podría interpretarse en occidente, es un gesto sinónimo de educación y de respeto máximo. La palabra omotenashi (おもてなし) significa espíritu de hospitalidad, y es una seña de identidad reconocible de todo anfitrión japonés, una marca reconocida que deja un recuerdo inolvidable en la memoria de todo viajero que pisa el tatami de un ryokan. El omotenashi surge del proverbio japonés ichigo-ichie (一期一会) que significa «oportunidad única en la vida». Cada cliente merece ser cuidado con respeto y amabilidad, es una oportunidad única de conseguir que su experiencia sea memorable. 

Ikuyo, con un gesto ligero, nada ostentoso, elegante como el vuelo de una garza, nos dijo: "quitaos los zapatos", "poneos cómodos", "estáis en vuestra casa". Lo comprendimos enseguida. Su inglés no es bueno, pero no lo necesita para comunicarse con sus huéspedes. Dejamos el barro del pasado en la entrada, genkan, y pisamos descalzos el confortable suelo de bambú hasta la habitación 107. Multitud de flores nos saludan en cada esquina, todas ellas arregladas por la propia dueña, especialista en Ikebana, el arte de realizar composiciones con flores y otros elementos vegetales.


Al llegar a la habitación un muñeco de tela blanca nos da la bienvenida. Su nombre es Teru teru bōzu, y, según la leyenda, debe colgarse en días de lluvia como amuleto para llamar al buen tiempo. La habitación del ryokan tiene poco mobiliario, fiel a la estética zen, minimalista, que pide el desprendimiento de lo inútil. Colores suaves, muebles de madera, tejidos naturales, luz tenue. Un ambiente relajado, de equilibrio y armonía, en conexión con la naturaleza



El corazón del parque de Nara alberga el Kotoyonado Musashino, la primera posada ryokan de Nara, con origen en el periodo Edo.  Ikuyo es hoy la regente de este histórico lugar. El ryokan (旅館) es la típica posada tradicional japonesa. No es un hotel convencional, es en sí mismo una experiencia para vivir las costumbres y tradiciones japonesas. Por el Kotoyonado Musashino han pasado figuras reconocidas del arte japonés como el maestro de la espada, Tesshu, o el escritor Junichiro Tanizaki, autor del aclamado libro "El elogio de la sombra".


Nos probamos la yukata y paseamos perfectamente uniformados por las instalaciones donde reina un completo silencio. Rumbo al onsen. Las aguas termales nos esperan para el baño caliente que reparará nuestros cansados músculos. El Kotoyonado Musashino dispone de un baño público de pequeño tamaño pero muy acogedor, y, como es habitual en el país, hay uno exclusivo para mujeres y otro para hombres. En el ritual del baño, como diría la poeta Sara Torres, "el tiempo no transcurre, tan solo existe". Es un íntimo encuentro con lo que somos: cuerpo entregado.



La cena servida puntualmente a las 20:00 h sobre una mesa baja es el tradicional Kaiseki ryōri, una degustación de platillos vegetarianos elaborados con materias primas de primera calidad, sabrosas, que juegan con la textura y el color. Sin condimentos artificiales, utilizan únicamente aromatizantes naturales del bonito o de algas marinas. Mi alma ya estaba liberada de todo peso, por lo que no me costó demasiado plegarme sobre mis rodillas como un maestro para disfrutar de cada elaboración en sillas sin patas, denominadas zaisu. El menú de esta noche se compone de tofu, sopa de miso, diversos pescados, verduras o frutas de temporada. Es servido, secuencialmente, por el servicio de habitaciones, Nakai-san, que se encargarán también posteriormente de recoger la vajilla y preparar el futón para dormir. Las chicas, perfectamente aleccionadas, se mueven con delicadeza y discreción, y parece que levitan sobre la estera. No atraviesan el espacio, son parte de él. 




Tras la noche, la luz del sol se asoma por la ventana, arrojada mágicamente por el Teru teru bōzu. Los ciervos curiosean en las inmediaciones buscando otra shika senbei, su galleta de arroz de 120 yenes. El desayuno se sirve a las 7:00 h y es copioso. Con energías renovadas llegó la hora de poner rumbo a Osaka. Dedicamos a Ikuyo una correcta reverencia de despedida en señal de agradecimiento, por el trato recibido y sabedores de la fortuna de habernos podido alojar en su casa. Nuestra es la misión ahora es la de tratar con el mismo cuidado de la señora Ikuyo a otros extraños que puedan aparecer en nuestro camino, para hacer de este mundo un lugar mejor.



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